Buenos Aires, septiembre 2011
La sociedad argentina ha comenzado a debatir sobre la llamada muerte digna a raíz del caso de una niña de 2 años quien desde su nacimiento se encuentra en estado vegetativo. Sus padres solicitaron su desconexión de los medios mecánicos que le permiten seguir con vida elevando al Congreso un pronto tratamiento de ciertos proyectos que intentan legalizar la muerte asistida de estos pacientes.
Paralelamente se conoció otro caso, de un joven contador neuquino que hace 17 años se halla en el mismo estado producto de un accidente automovilístico. El pedido a la juez lo realizaron sus hermanas ya que mientras los progenitores vivían lo cuidaron convirtiendo su propiedad en una especie de clínica de cuidados paliativos.
Por último, pudimos tomar contacto con otro caso, el de un joven quien a los 24 años tuvo un accidente de tránsito donde perdió un 30% aproximadamente de su masa encefálica, que le afectó el habla, la visión, el deambular, etc. Fue desconectado en tres oportunidades estando en terapia intensiva por indicación de tres equipos diversos de especialistas. En todas esas ocasiones fue reconectado porque la madre, en un acto de fe puso en las manos de la Santísima Virgen María a su hijo y decidió donar los órganos de su hijo; lo que hizo intervenir al INCUCAI quien a través de aparatología especial entendió que debía ser reconectado, a pesar de que le había diagnosticado muerte clínica. Hoy, a tres años de ese diagnóstico, el joven camina, maneja la computadora, y comenzó a hablar sus primeras palabras: «mama», «agua», a pesar de haber perdido físicamente parte del cerebro que le permitiría tales actividades.
Existen varios proyectos en el Congreso de la Nación que ya poseen estado parlamentario, donde intentan diferenciar este proceso al que llaman muerte digna con el de eutanasia. Lo mismo ocurre en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Entienden que el uso inadecuado de medidas de soporte vital que lo consideran tal cuando no tienen otro efecto que mantener artificialmente «una vida meramente biológica sin posibilidades reales de recuperación de la integridad funcional de la vida personal» que la consideran contraria a la dignidad de forma plena de la persona humana. De esta manera, se intenta «facilitar, a aquellas personas en situación terminal que libremente lo deseen, la posibilidad de entrar en la muerte sin sufrimiento, en paz, […] ».
Ciertamente la cuestión es muy compleja porque para dar una solución a estas situaciones que se presentan subyace el concepto que se tenga de la vida misma y de su dignidad, que amerite a una persona o a sus allegados no permitir determinados actos que se consideran un ensañamiento terapéutico de preservación de la vida que ya no sería considerada como tal; con el fin de evitar el sufrimiento de la persona enferma.
Justamente el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la interrumpción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente» (2278).
Pero esto no quiere decir, como continúa afirmándolo el Catecismo, que aunque «la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada» (2279).
Estas consideraciones dejan entrever que la cuestión debe ser planteada dentro de un marco más amplio, que nos permita comprender y aceptar la enfermedad y el dolor que ella provoca como así también cuando la muerte es inevitable, evitando acciones u omisiones de buena fe que la provoquen.
Juan Pablo II, nos ha enseñado en su C. A. Salvifici doloris, que el sufrimiento es algo todavía más amplioque la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma (5b); y que pertenece al misterio del hombre el cual sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte» (nro. 31).
En la C. A. Evangelium vitae alerta de nuevos géneros de atentados relativos a la vida naciente y a la terminal, que «suscitan […] problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva, el carácter de “delito” y a asumir paradójicamente el de “derecho”, hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes sanitarios» (n.11).
Las razones para llegar a este punto son múltiples, pero como lo advierte este documento (cf. nro. 15) hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes. Esto ha hecho que el valor de la vida pueda hoy encontrarse eclipsada aunque la conciencia no deje de señalarla como valor sagrado e intangible.
Entre los amenazados se hallan los enfermos incurables y los terminales, al ser objeto de la «tentación de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al momento considerado como más oportuno» (C.A. Evangelium vitae, nro. 15).
Dentro de esta cultura, alerta Juan Pablo II, hay «[…] una especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión de todo esto en la difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, […] que propone así la eliminación de los recién nacidos malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales» (C.A. Evangelium vitae, 15).
Todo esto acontece cuando no se tiene una visión religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.
Es por ello que los convoco, en el «Año de la Vida» a realizar aportes para alertar a la sociedad y a los hombres de buena voluntad de los peligros que padecen hoy aquellos enfermos que carecen de voz o de la suficiente libertad para discernir lo correcto.
Hugo Adrián v. Ustinov |